miércoles, 2 de julio de 2008

Andre Malraux

Mi primer encuentro personal con André Malraux tuvo lugar a fines de 1963, para presentarle mis saludos oficiales como comisario de arte de la exposición Arte Argentino Actual, que se realizó en el Museo Nacional de Arte Moderno de París entre diciembre de 1963 y enero de 1964.
Mi segundo encuentro con el autor de El museo imaginario se verificó en oportunidad de la inauguración de esa muestra, pocos días después, y puedo asegurar que la suya no fue una visita protocolar y motorizada. Malraux se detenía frente a cada obra y ejercía su autoridad crítica a través de los juicios que no siempre coincidían con los míos. Su balance, sin embargo, nos resultó plenamente favorable: lo que había visto le permitía afirmar que el meridiano cultural de Latinoamérica pasaba por Buenos Aires, y que esta exposición era un sugestivo reflejo de la vitalidad plástica en el Río de la Plata.
El tercer encuentro en su gabinete de trabajo fue intenso, como debía esperar. Yo había llegado con deseos de convocar en un solo haz al novelista, al estetólogo, al hombre de acción, al miembro creador de las Casas de la Cultura y al pensador de los grandes discursos de Atenas, Brasilia y Nubia, el mismo que había reflexionado con lucidez y paradojal escepticismo sobre las grandes peripecias del espíritu y de la condición humana, y no estaba dispuesto a irme con las manos vacías.
Hombre trágico, preñado de lucidez sin fe, Malraux trató de rebasar los límites de su propia grandeza, a través de una labor cultural (de una dramatización participativa de la cultura) que partía de admitir que la grandeza de algunos incluye misteriosamente el testimonio de todos. Si el sentido de la vida es encontrar bienestar y felicidad, él se ocupó de otras cosas que consideró fundamentales.
De la mano de Malraux he transitado por el desorden y las alegrías de dos o tres mundos: he chapoteado en el futuro y me he salpicado, fragmentariamente, con sus luminosas obsesiones. ¿Cómo podré desandar ahora el camino de regreso? Después de esta entrevista quemé mis naves; y no se quemaron, ardieron, en verdad, como gotas de alegría y de lúcido esclarecimiento.