martes, 8 de abril de 2008

El espacialismo incosecuente de Fontana

Me reuní con Lucio Fontana en Milán, en 1958. Nuestro (re)encuentro tuvo ribetes emotivos, nos ligaba una corriente afectiva de muchos años. Fontana siempre fue expansivo y nunca perdió nada de su combatividad. En su taller de la via Monforte planeamos nuestra visita a las galerías Selezione, Blu, Grattacelo, Naviglio. Nuestras posiciones estéticas diferían, algunos puentes volaron, persistía en cambio nuestra amistad y mutuo respeto. Su verdadero aporte a las corrientes de arte no-figurativo, y reflejo de su personalidad, son las obras en las que calificaba al espacio como elemento y materia prima. Recordamos el Manifiesto Blanco de 1947, que él no firmó y sí sus discípulos, el que también ayudé a redactar porque su castellano estaba muy mechado con el italiano.

Su espacialismo fue inconsecuente por el hecho de no haberlo llevado hasta sus últimas consecuencias, ni aguzado las certidumbres que ofrecían sus telas tajeadas y perforadas y, por el contrario, haber encauzado su raudal artístico hacia expresiones en que el espacio real –no literario- está desterrado. Lucio ya había incursionado en la abstracción en una muestra organizada por “Il Milion” con objetos escultóricos en hierro en el año 1936.

Fontana = Fuente = fuerza hidráulica sin contención.



Fontana fue uno de los primeros que notó la verdadera importancia del lanzamiento de la revista Arturo, así como de la eclosión del movimiento Madí.